¿Cómo llamarlo?


Era un día extraño. Pleno verano y tan nublado como las semanas continuas de invierno, ese tiempo que parece nostálgico cada vez que las nubes vuelven gris el cielo y logran tapar la mirada directa al sol, aquellos en que el sonido de la lluvia se convierte en la mejor melodía en ese sur tan cercano e inaccesible para muchos. Repito una y otra vez: “a 50 kilómetros de Valdivia, hacia adentro, en el campo, campo, donde el patio delantero de mi abuelita es un cerro”. Allá es donde paso los veranos.

Pero ese día andábamos recorriendo, al igual que cada año salimos a conocer un lugar nuevo, por el día, sin grandes lujos para no gastar mucho dinero. Este año fuimos solo tres… había un vacío entre nosotros que lo recompensamos muchas veces con el altavoz. Avanzamos más que nunca, sin planes fijos, como siempre. Mi papá cumplió mis caprichos y fuimos a Frutillar, pero no vi el volcán. En recompensa seguimos recorriendo, sin rumbo, íbamos y volvíamos hasta que nos dijo: si no ven el volcán, iremos a él. Y disfrutábamos cada uno de esos paisajes cambiantes.

Hablábamos de cuando mi papá fue mochilero ya que sentíamos remordimiento por no subir a unos niños en plena carretera mientras llovía, teniendo, por primera vez, espacio disponible dentro de nuestra camioneta. En eso, dos jóvenes nos hicieron parar y creímos que debíamos llevarlos. Mi papá decidió que se subieran a la pick up, yo no entendí esto hasta una cuadra después, iba mirando por la ventana y le grité rápidamente que parara -¡Mi amigo!-, había pensado en él hace menos de una hora, estuve a punto de llamarlo ya que supe de su paseo por el sur, quería saber dónde se encontraba y, ahí estaba, a mi lado, junto a su amigo y un cartel diciendo: Ensenada. Al instante se detuvo, en plena fila de automóviles y subieron a la cabina junto con nosotros. Una gran coincidencia, por llamarlo de alguna manera.

Continuamos nuestro camino compartiendo las experiencias, jugando y riendo como siempre, como nunca hay que dejar de hacerlo. Fuimos más allá de Ensenada, ahora nuestros nuevos acompañantes se convertían en los guías, tenían clara la meta de ese día. Y los seguimos. Nuestra primera parada fue en los Saltos del Petrohué. De tres nos habíamos convertido en siete. Comimos algo antes de entrar. Pagamos nuestra entrada y debíamos cruzar un pequeño puente. Habían muchísimas personas, por ahí solo alcanzaba una fila para entrar y otra para salir. Fue ahí cuando comencé a temblar sin siquiera haber visto bien, solo la silueta. Y a continuación mirar, observarlo, como no lo hacía hace casi un año. Aquel chico lindo que me deslumbraba con sus ojos penetrantes, venía camino a mí. En milésimas de segundo lo observé y se quedó clavada en mi mente su imagen, su camisa azul, sus ojos, sus facciones. Nos miramos por otro segundo. Y quedó ahí. Ni un saludo, ni una palabra hacia él. Sólo el nerviosismo.

Recorrimos todo el parque, era realmente muy grande, sin quedarnos mucho tiempo en algún lugar estuvimos un par de horas. Y me queda dando vueltas en la cabeza. ¿Acaso fue una coincidencia? El día anterior había pensado en él.

Rayen Catalina Cariman Fuenzalida

1 comentarios:

Unknown dijo...

Me gustó. Eso resume lo que pienso. Debo dormir.