Dos cero cinco de la madrugada. Terminando uno de los últimos trabajos si no el último para finalizar otro año escolar, pero no cualquier año. Último año de enseñanza media. Último año de educación en el colegio, aunque mi colegio no sea tan común, al fin y al cabo aún no es enseñanza superior. Es el año donde muchos desisten, otros recién comienzan su camino. Y hay veces en que tengo tantas ganas de salir, por diversas pequeñeces que como saben, se me hacen gigantes. Y ahora, no quiero hacerlo, quizás es algo de miedo, de comenzar de nuevo, de no saber al cien por ciento que me espera. Es el miedo y la resignación a saber que no veré a algunas personas, y es que fríamente, yo siempre quiero seguir viendo a muchas personas, pero fríamente, no creo que siga viendo o hablando con unas poquitas personas de esas ciento veinte que colman el nivel, de esas cuarenta y tres, creo, de mi curso, de esas donde a unas diez no quisiera dejarlas ni por un día, y es tan triste pensar en que no podré llegar a buscar a una de esas personas y contarles algo, por muy estúpido que fuera. Y me da miedo hacer un compromiso y que luego se vuelva a destruir como ya ha pasado.
Hay muchas personas maravillosas en esa burbuja y a ratos no quiero dejarlas. Algunas veces no quiero crecer, otras no quiero que el tiempo pase. Ojala las manillas del reloj quedaran detenidas aunque sea solo unos pocos segundo y que un abrazo se vuelva eterno como el tiempo que quisiera pasar en el.


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