Me pregunto.
Te miro. Me miro. Nos miro.
Te toco, te abrazo, te quiero.
Y nos vuelvo a mirar.
Pasan horas en minutos y segundos se hacen horas.
Vienen las lágrimas, ganan las risas.
Mi cuerpo no siempre me acompaña.
Tú siempre me acompañas.
Y nos miro.
Estás a kilómetros, estás al lado, a centímetros, metros, horas luz. Me
da lo mismo, estás.
Y conmigo.
Y nos miro.
A todos.
Y agradezco.
¿Cómo se puede amar tanto?
Desde cuándo que no puedo parar de ser tan feliz al extremo de querer
llorar de gracia.
De agradecer.
Aunque mi cuerpo esté enfermo, lo siento y me siento.
Nos siento.
Toco, siento, toco todo. Toco lo suave de la lana en los chalecos. Toco
lo áspero, lo duro. Toco tus manos.
Toco y llego más allá. Te abrazo y siento como toco todo tu ser, tu
alma, tu esencia, tu todo.
Y siento.
Y como, cosas ricas, cosas no tan ricas, cosas que dan risa, que son
amargas, que me hacen hablar, que me hacen feliz. Como sonrisas, como palabras,
como conversaciones eternas.
Y nos miro.
Escucho, una y otra vez, la canción de los miserables en mi cabeza. La
risa de la Tami, la voz de mi mamá, de mi papá, la voz de…
Escucho a los pajaritos cantar al despertarme, el sonido del viento,
las micros, los autos, el agua correr.
Y nos miro. Una y otra vez.
Y vuelvo a mirar, desde adentro, desde afuera… pero más siento.
Tanto amor hacía mí. Tanto amor en mí. Tanto por compartir y aprender.
Gracias a todos, a todo.
A ti, siempre y por siempre, Tami (=
Tobal, porque una vez más, la amistad no se mide en tiempo, sino en
dedicación.
Los adoro!


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