La tomas. La acaricias. Juegas. Y no te das cuenta. No ves dentro de sus ojos. Las lágrimas, apunto de aparecer. El pecho, apunto de explotar. La respiración, apunto de cortarse. Quiere contestar, seguir, adelante. Luego le hablas, desde lo más profundo, rompiendo las barreras, mostrándote frágil, vulnerable, sincero. Y la miras a los ojos, de vez en cuando, con los ojos llenos de brillo, con la mirada complice que algún día conoció. Y necesita, lo quiere, lo hace... Apoyar, con la piel. Sostener, con este cuerpo que impide ir más allá.
Y vienen los recuerdos: constantes, impredecibles, melancólicos. La primera vez que tomé tu mano fue cuando revelaste una verdad, cuando te mostraste al descubierto, ante mi, ante ella. No tienes recuerdos de infancia, el primero es frente a un cuerpo frío, apagado, sobre una mesa. Con tu madre, con tu padre, desconsolados. ¿Cómo irme después de aquello? Apretaste mi mano, fuerte y me pediste que me quedara. Y lo hice, hasta que te desnudaste tanto que temiste seguir, me arrebataste tus manos, tu pecho, tu corazón, tus caricias, tus lágrimas, tus verdades, tu respiración.
Te brindé mi mano, con miedo. Te mostré más que a nadie. Te amé más de lo que podría pensar que soportaría. Y aún sigue aquí este nudo, este pecho apretado, sollozando.
Me dejaste.
Te amé. Te amo.
Aún duele, no sé si imaginas cuánto.
A veces río de verdad, otras veces lo intento para que mi cuerpo se acostumbre nuevamente a ser como era antes.
Y tengo miedo, de conocer, de compartir.
Miedo de ser.
Ser como lo fui contigo.
Poco a poco, vuelvo a ser.
Borrar, dejar atrás.


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