Cierra las ojos y quiere escapar.
Está encarcelada por horas a permanecer sentada sin mover su posición.
Sus ojos se cierran y no vuelven a abrirse en horas.
Y caen, caen tan rápido, sin parar.
Se deslizan por las mejillas, recorren el cuello y trazan un camino entremedio de sus pechos.





Mi papá está en la escalera, duda de continuar subiendo. Baja, se acerca por atrás, toma mis brazos y me besa la mejilla.
- Le he dicho que la quiero?
Lágrimas, lágrimas y más lágrimas.
Tartamudeo.
- No sé, creo que no.
- La quiero, la quiero mucho. Por si no puedo volver a decírselo.

Es más fácil escribir.

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